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El cuadro de honor es un conjunto de calificaciones por curso donde se ordena de mayor a menor los promedios de los mejores alumnos, dentro de una escala (generalmente de 10 a 8) según las notas obtenidas en cada trimestre por cada alumno.

Si bien es una referencia a los “mejores alumnos”, cada vez se tornó más competitivo. Sumado a que una nota, un número, no define a las personas. Pero esto no forma parte del lenguaje del sistema educativo. Para la gran mayoría de las instituciones somos un 4, un 6, un 7. Si “sos un 10” sos brillante, si “sos un 5” sos un mediocre y peor aún, si “sos un 3” sos un malcriado. Este sistema de calificaciones repercute directamente en la vida del adolescente afectado todas sus áreas: emocional, social, intelectual, familiar, deportiva. Y le sumamos un cuadro donde lo único que hace es resaltar más a los estudiantes con notas más altas. Les sube la moral, el famoso ego; y se los baja a los que “les cuesta”.

Pero es erróneo. El cuadro de honor, como bien dice el nombre, debería hacer mención a aquellos alumnos con mejor compartimiento, cuyos valores se reflejen en el aula: el compañerismo, la solidaridad, la empatía, la disciplina, alejándolo completamente de lo numérico. Y otorgarles un premio, por mínimo que sea, que los ayude. Esto disminuiría dramáticamente las sensaciones de fracaso y orgullo en el salón además de darle un motivo mayor de pelea a los jóvenes.

Dejemos de pensar que una nota define los valores de las personas. Miremos más allá, comprendamos, apoyemos, ayudemos. No sabemos por lo que pasa cada uno. Y además le sumamos una sensación de odio por un número. Corrijamos en privado, felicitemos en público. Y cambiemos la perspectiva. Dejemos de moldear alumnos, de cuadrarlos. Cada uno tiene su forma. Descubramos cual es y démoselas.

Por: Lucia Anzelin

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