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Imaginemos que, en un futuro no muy lejano, se comience a aplicar un sistema que le otorgue un dólar a cada persona que le resuelva un problema a otro. Sería algo a lo que nadie podría oponerse; todos estaríamos de acuerdo en que se premiara a aquel que resuelva los problemas a la gente. En ese mundo, los multimillonarios serían quienes resuelvan miles de problemas y los pobres los que no puedan hacerlo. Si se aplicara este sistema, las desigualdades no estarían marcadas por falta de oportunidades, sino por diferencias en la capacidad de servir al otro, de contribuir al bienestar social.

El problema con este sistema radica en que, si resolver un problema te da un dólar, nos dedicaríamos a resolver problemas pequeños o a brindarle soluciones solo a una persona, para ahorrar dinero más rápido. Por eso, no deberíamos ganar un dólar en función de cada problema que resolvemos, sino que aquellos que resuelvan mayores problemas deberán ganar más dinero. Por ejemplo, ¿debería ganar el mismo dinero alguien que le ayuda a empujar el auto a otra persona, que un médico que le detecta un cáncer a un paciente? En ambos casos alguien contribuyó al bienestar social, pero una de esas contribuciones vale mucho más. Y no solo vale más porque podría salvar una vida, sino también por todo lo que el médico tuvo que capacitarse para saber cómo detectar un cáncer.

Ahora bien, el valor es subjetivo, se determina en función de lo que cada individuo está dispuesto a pagar para que le resuelvan un problema. Eso es, a grandes rasgos, el capitalismo. Pero la combinación entre la uberización de la economía y la inteligencia artificial le agregan (y le agregarán cada vez más) esteroides a este capitalismo. Los precios funcionarán cada vez de manera más potente, ya que son los que les dicen a los productores lo que tienen que producir; cuando un bien es escaso, sube de precio. Y a su vez, eso les dice a los productores que tienen una gran oportunidad de generar ingresos invirtiendo en dicho bien. La globalización de la información hace que este sistema funcione con anabólicos. Un claro ejemplo de nuestros tiempos es Uber; un viaje no sale lo mismo una noche de lluvia que un día soleado a las 6 de la tarde. Usando los datos para conocer cuándo es más necesaria nuestra contribución, podemos tomar mejores decisiones y sacarle mayor provecho a nuestro servicio.

Ese sistema increíble y esa sociedad que premia a quienes resuelven nuestros problemas no es más que una sociedad capitalista híper justa que en nuestro mundo no está tan bien vista. Está claro, sí, que Bill Gates ganó cada millón que tiene resolviendo nuestros problemas y ahora somos más productivos que antes gracias a tener computadoras con sistemas tan geniales, como el que estoy utilizando para escribir este artículo. También está claro que Messi nos hizo más felices a todos y que ganó merecidamente cada dólar que tiene en su cuenta bancaria, pero la gente no tiende a ver que detrás de cada dólar que Messi ganó hay muchísimo bienestar social distribuido de manera súper democrática en muchísimas personas que disfrutamos de ese enorme jugador.

Vivimos en un mundo muy abundante, y a la vez muy desigual. Pero los esteroides que le agregarán los avances tecnológicos al capitalismo, harán que en el futuro seamos mucho más abundantes, pero también más desiguales.

En una entrevista en 1930, J.M. Keynes se dedicó a vaticinar cómo será la economía de sus nietos. Él dijo que, en el 2030, vamos a poder trabajar 3 o 4 horas y vamos a tener el mismo nivel de vida que un inglés promedio de 1930. Y acertó su predicción. Es cierto que hoy trabajando tres horas podríamos vivir igual o mejor que un inglés de clase media de 1930; sin tecnología, sin agua caliente y sin la mitad de las cosas en las cuales hoy gastamos nuestro dinero. Por supuesto que si aceptáramos esa condición de vida podríamos vivir con cuatro horas de trabajo. También es verdad que hoy trabajamos un poco menos que las doce horas que se trabajaban en 1930, pero seguimos trabajando mucho, porque si bien la teoría de Keynes estaba bien respaldada desde el aspecto económico, le faltó tener en cuenta la naturaleza humana: somos insaciables. Siempre queremos más y nunca alcanzamos la satisfacción total.

En lo que acertaba Keynes es en que hoy somos mucho más abundantes ya que producimos más. En 2021 tenemos un ingreso per cápita siete veces más grande que en 1930. El bienestar global (en promedio) se multiplicó por siete, pero, así como la producción, también aumentó la desigualdad. Nunca fuimos tan abundantes, pero tampoco nunca fuimos tan desiguales. Lo que va a ocurrir en los próximos 20 años es que se va a acelerar el crecimiento. En términos cuantitativos, el crecimiento productivo que vimos en los últimos noventa años se va a reproducir, pero esta vez en veinte años. Y esta reproducción vendrá acompañada de una reproducción de la desigualdad.

Pero esta desigualdad de la que hablamos no es una desigualdad en el acceso a las oportunidades, sino todo lo contrario. El mundo del futuro, que ya encontramos en nuestro presente, es un mundo con muchas más oportunidades. Para acompañar esta afirmación, podemos usar un ejemplo más que claro; el mundo de los artistas. Antes para ser exitoso en dicha profesión debías tener un contacto en una discográfica, poder pagar una demo y que la prueben para ver si eras aceptado o no. Ahora, en Spotify hay siete millones de artistas en el mundo que comparten su música, pero solo 10.000 de ellos pueden vivir con las ganancias que su música les genera. Todos tenemos la posibilidad de publicar música si lo deseamos, pero solo unos pocos pueden vivir con esos ingresos, porque las oportunidades están bien distribuidas, pero no así el talento. El talento es un bien escaso. Entonces, nos dirigimos a una sociedad más abundante, no en oportunidades, sino que en resultados.

Si observamos el progreso del capitalismo en los últimos doscientos años, notaremos que la pobreza global se redujo notablemente (de 80% a 20%). ¿Por qué si el capitalismo fue tan exitoso en reducir la pobreza, el mundo de hoy es más desigual?

Si agrupamos a los países en desarrollados y subdesarrollados, notaremos una enorme diferencia en el nivel de igualdad de cada uno de ellos. Probablemente, los países pobres, como los de África, sean más igualitarios; todos son pobres. En cambio, los países desarrollados son, increíblemente, más desiguales. Pero teniendo en cuenta la teoría de John Rawls, esta desigualdad no es necesariamente indeseable. Su teoría tenía dos principios fundamentales. El primero, que mejore la situación de los que viven peor. Y eso, en el mundo desarrollado, efectivamente sucede. Pensemos en un ejemplo; cuando se pavimenta una autopista de varios carriles, es claro que una Ferrari va a ir más rápido que un Fiat 600. En cambio, si venimos por un camino de tierra, la Ferrari, por más Ferrari que sea, no podrá demostrar todo su potencial. En cambio, con la autopista en excelentes condiciones, la Ferrari podrá lucirse, pero el Fiat 600 también se beneficiaría, por lo tanto, se cumple el primer principio de Rawls.

El segundo principio, postula que las oportunidades deben estar abiertas a todos por igual, y allí radica el problema en la desigualdad del futuro. Este será analizado desde la secretaría educativa en el texto “El ascensor que no asciende”

Link de la segunda parte AQUÍ

Por: Toto Ingoglia

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