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Con frecuencia escuchamos la frase “puesta en valor” en política o en el ámbito de los negocios. Muchas veces la misma se recibe con agrado, ya que: ¿Quién puede estar en contra de una “puesta en valor”? ¿Quién puede estar en contra de que la casa de tus abuelos, de amplio patio y quizás de fachada antigua, donde pasabas gran cantidad de horas en la misma compartiendo tiempo con ellos, sea convertida en una torre hecha con materiales de dudosa calidad? ¿Quién podría oponerse a que barrios de chalets o casonas centenarias sean destruidas para dar lugar a torres hechas con materiales de dudosa calidad? ¿Quién podría…? Y así podría seguir dando ejemplos de negocios arquitectónicos e inmobiliarios que atentan contra la nostalgia que muchos tenemos de ver edificios que ya no están en nuestro día a día, o lugares donde pasábamos momentos cálidos con quienes amábamos, pero no, hoy no vamos a hablar de procesos de “gentrificación” o similares. Las próximas preguntas irónicas que van a hacerse luego del punto y aparte, espero que nos interpelen casi tanto como las casas familiares o los edificios europeos hechos hace 100 años.

¿Quién podría oponerse a que un espacio natural, que a lo sumo debe ser modificado por gente idónea en caso de que en el pasado haya sido intervenido de manera errónea, sea modificado con gente que su única finalidad es la de hacer negocios en esos espacios? Si la pregunta resulta confusa es porque logro su objetivo. A lo largo y ancho de nuestro país existen extensos espacios naturales que la más mínima modificación resultaría nocivo no solo para nuestro suelo, sino que también para todo el mundo. Glaciares y áreas periglaciares, montañas y sierras, bosques, ríos y afluentes más pequeños, humedales, entre otras. Todas estas, y varias más, se enfrentan día a día a nuestra impericia, ya sea con megaminería contaminante, el desmonte, los afluentes cloacales y la contaminación directa, y un extenso etc.

Seguramente nos vemos ajenos a muchas de estas temáticas, pero en caso de que no sea así: ¿Qué hacemos o que hicimos para evitar que destruyan nuestro entorno? Seguramente a metros de nuestras casas un espacio natural fue destruido, pero como nunca lo habitamos quizás nunca nos interesó el mismo. Ahí es cuando llega la “puesta en valor”. La misma es mentirosa en muchos casos, como he citado en los ejemplos arquitectónicos. Publicidades en redes sociales mostrando que viene lo nuevo, propaganda del gobierno de turno, vanagloriándose del lugar que se recuperó. ¿Queremos “lo nuevo” que nos ofrecen? ¿Puedo participar de eso “nuevo”? ¿Cómo era lo “viejo”? ¿Y si acaso prefiero “lo viejo”? ¿Qué se recuperó? ¿Cómo se recuperó? ¿Por qué se recuperó? Pregunta, pregunta y pregunta.

Quizás este artículo deje más preguntas que respuestas, pero muchas veces la vida es así, hacernos más preguntas de las que podemos responder, con respuestas que muchas veces nos gustan, que varias veces más no nos gustan, y quizás aún más respuestas que nos dan igual porque no atraviesan nuestro día a día. Quizás, y solo quizás, sería bueno ver porque algunas respuestas nos dan igual, porque algunas respuestas no nos gustan, y pensar las respuestas que nos gustan para compartirlas con otros. El poder relacionarse con gente que piensa, vive, y le interpelan realidades similares a la nuestra, o a veces muy diferentes, es lo que nos enriquece aún más.

De mi parte les dejo una respuesta: no se dejen comprar por la naturaleza artificial, por pastos cortos, en reservas naturales donde tendría que haber yuyos altos para los animales, yuyos donde viven, donde cazan, donde duermen, etc. No se dejen comprar por caminos a la naturaleza a los que fácilmente pueden llegar en motos, autos o camionetas. No se dejen comprar por carteles que dicen respetar el espacio y que invita a todo aquel que lo visite a hacerlo, cuando maquinas trabajaron en el mismo para hacer del mismo un lugar irreconocible, que en las fotos se ve hermoso y que cuando uno lo camina es “accesible”, pero que en la realidad es algo muerto y artificial, que tiene mucho verde que no molesta, cuando la naturaleza verdadera es indomable, eterna y fluctuante, rica y que da vida, ya sea en oxígeno de calidad, agua potable, alimento, y tantas otras cosas más.

No compren el “en venta” a la naturaleza que desde varios lugares, tanto de lo público o privado, nos quieren ofrecer. Nada es inocente, participen de todo proceso de transformación que se quiera hacer, no solo de lo natural, sino de toda aquella que les importe, o que a algún allegado también le interese. Uno nunca sabe cuánto puede cambiar nuestra vida la lucha que podamos a llegar a considerar como más ínfima. Que la libertad no sea únicamente individual, sino también colectiva, para poder darnos un presente mejor a quienes vivimos el hoy, y para todas aquellas personas que van a vivir el futuro que les dejemos. La lucha por un mejor ambiente empezó hace mucho tiempo, sigue hasta en nuestra actualidad, y continuará hasta que ya no sigamos vivos. Seamos parte de la solución y no del problema, aportando lo que cada quien pueda desde el lugar que cada quien pueda hacerlo.

Por: Matias Russo

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