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En mis años de formación académica, y estoy segura, que en los de ustedes también, todos nosotros, como alumnos nos hemos encontrado con profesores, con distintos grados de arrogancia. Defecto que, no les permite reconocer sus propios errores o que no logran aceptar que su deber es educar y no presumir sus conocimientos intelectuales frente a sus alumnos. Siendo esta una conducta que bajo ningún punto de vista debemos aceptar o recibir pasivamente.

¿Cuál es nuestra definición como alumnos de una clase? ¿Que nos enseñe, que nos guíe o que integre conocimientos?

Convengamos en que, para nosotros, una clase ideal es aquella en la que todos los participantes se sienten cómodos, donde todos pueden plantear dudas, opiniones, razonamientos y comentarios.

La actitud del docente determina, en gran parte, la forma de trabajar en un aula y la predisposición con la que los alumnos trabajarán en esa materia, así, un profesor con una actitud arrogante, tal como la de un Dios bajado a la tierra, no fomentará en sus alumnos el interés y los desanimará haciendo que estos renuncien a la materia sin aprender realmente nada.

¿Qué esperamos de un profesor?

La respuesta es absolutamente ambigua dependiendo de quién la responda, sin embargo, daré un punto de vista personal, un profesor tiene el deber de transmitir sus conocimientos respecto a un tema logrando que los alumnos sientan comodidad y que su voz es escuchada y respetada. Y que sobre todo la didáctica y la pedagogía acompañen al saber académico del profesor.

Teniendo esto como base, podemos llegar a la conclusión de que un profesor debe tener la capacidad de “bajarse del poni”, ponerse en la posición del alumno – entendiendo a este como un ser que está aprendiendo y no como un conocedor del tema-, y estar dispuesto a aceptar sus errores en caso de que haya fallado (no solo errores prácticos sino errores al momento de enseñar, tales como no ser capaz de que la totalidad de sus alumnos entiendan de lo que habla).

Como alumnos, no podemos permitir, por intimidante que sea, que un profesor arrogante “nos pase por encima”, permitirle la libertad de rebajar a los alumnos es una actitud reprochable a la cual hay que ponerle un freno. Exigir respeto poniendo límites en los actos de los profesores es fundamental.

No podemos aceptar con la cabeza baja, y sin agregar ningún cuestionamiento, que una persona, por el simple hecho de tener el cargo de docente, se manifieste como el mayor experto de un tema y no tenga ninguna pauta de autoanálisis para mejorar su pedagogía. Criticar esta actitud es necesario y es un deber perder el miedo a hablar con un profesor para resolver cualquier clase de inconveniente e invitar al mismo a, “bajarse del poni”.

Por: Milagros Moreno

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