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Ante un escenario institucional agrietado y frágil, hemos visto surgir nuevas viejas miradas de las que resulta innegable destacar la modernización del discurso que las vende, pero que cuando se profundiza en el detalle se evidencia que los significantes efectivamente han sido modificados, aunque el significado como tal sigue siendo el mismo; palabreríos que no son más que un relativismo moral deshilachado.

El problema no surge cuando de manera consciente, racional y voluntaria uno elige aferrarse a un discurso que pretende escindir lo normativo, sino que lo alarmante está en los efectos que producen estos postulados, suelen resultar un placebo social que armoniza un estado onírico pero que no soluciona ninguno de los problemas reales existentes.

Transitando una crisis institucional que atenta contra los valores de la república, de la educación y en consecuencia de la sociedad en su totalidad, la tibieza comienza a quemar. Posicionarse como consenso entre las partes opuestas con una mirada utópica no es más que ser funcional al colapso total. Sabemos que el efecto placebo tiene su función ante una sintomatología que suele afectar al plano orgánico, pero que no se corresponde con ningún daño real y tangible. Sin embargo, si la naturaleza de ese malestar fuese efectivamente una afección concreta, el placebo no resultaría y el malestar seguirá presente e incluso se podría agravar. El ejemplo puede abstraerse a cualquier plano, que en este caso lo relacionamos a la coyuntura política e institucional actual.

No hay dudas de que la política se nutre de consensos y el diálogo juega un rol determinante en la vida democrática de una república. No obstante, ante un avasallamiento institucional, los discursos relativistas adoptan un carácter plurívoco en cuanto al lugar que se tome frente a esto, desencadenando dos posibles tendencias: por un lado, posicionarse adyacente a quienes pregonan los valores republicanos a pesar de las diferencias que se puedan tener o, por el contrario, sosteniendo la postura adoptada inicialmente, llevándolos a ser funcionales a quienes ejecutan estos violentos actos.

Hay situaciones extremas que no admite grises. La que nuestra sociedad atraviesa es una de ellas. Insisto en lo positivo del diálogo, el consenso y las discrepancias dentro de un marco republicano, pero cuando este se encuentra resquebrajando, los relativismos deben ser congruentes con los modelos que, justamente, posibilitan su existencia. De lo contrario, ese discurso no sería nada más que el velo que oculta la complicidad.

Por: Francisco Garavaglia

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