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En un país desarrollado, donde todos los habitantes tienen las mismas oportunidades, es el mérito lo que determina hasta dónde llega una persona en su vida.

En Argentina, el concepto de mérito se perdió hace años, y hoy por hoy la preparación, el estudio y el trabajo no te aseguran tener una mejor calidad de vida que personas que no conocen la cultura de éstos.

Existe en nuestro país un gobierno que se autoproclama progresista, cuya principal bandera es la igualdad, aunque sus acciones van a contramano de las clásicas ideologías que representaban las mismas banderas que el kirchnerismo. Al menos en lo discursivo, Lenin procuraba que “no hay que llevar al arte al nivel del pueblo, hay que llevar al pueblo al nivel del arte”. En Argentina, contrario a lo que proponía Lenin, se trata de igualar constantemente para abajo, y se prefiere sacar la iluminación de la CABA antes que iluminar La Matanza.

El problema reside en que este mismo gobierno, supuestamente progresista, reivindica una Argentina con movilidad social descendente y con el retroceso como lo único asegurado.

Es innegable el papel del Estado en nivelar las desigualdades que existen en la República Argentina, pero cuando se habla de este rol se debería hablar de una cadena de educación y libertad, pero en Argentina se trata de generar dependencia a través de un sistema de subsidios.

La igualación hacia abajo implica, sin excepción, una subestimación a los sectores más vulnerados, a quienes se convoca a cierto resentimiento y para terminar con las desigualdades no se propone un esquema de consolidación de oportunidades a través de la educación, sino el decrecimiento de la clase media trabajadora.

El presidente del país en más de una oportunidad se ha manifestado en contra de la cultura del mérito, así también sus subordinados. Esto convalida la cultura del facilismo, del paternalismo pedagógico y de la no exigencia que hace años aflora en Argentina. Por ese motivo, no es extraño observar que en la mayoría de las provincias gobernadas por el kirchnerismo no existe la repitencia.

La educación pública argentina, que se caracterizó por ser un ascensor de movilidad social, es hoy un mecanismo electoral, con un gobierno que no parece querer estimular a los más jóvenes a perseguir sus ambiciones, sino más bien parece querer mostrarles que lo que funciona bien, está mal.

La clave está, como lo he sostenido en varios artículos, en la educación. Una herramienta igualadora de oportunidades, en la que los gobiernos deberían centrarse para garantizarles a todos el mismo punto de salida. Lamentablemente, la educación es solo un eslogan y está en las manos de los sindicalistas.

Para concluir, la educación no solo es la escuela, sino que el discurso oficial también hace a la educación de los argentinos. Es por eso que el Gobierno debería cuidar sus palabas y sus iniciativas para volver a la cultura del mérito, ya que, si bien hay injusticias, ¿es eso motivo para llevar esa injusticia a todos?

Nuestro ejemplo no debería ser nuestro gobierno, sino que deberían ser las anteriores generaciones, puesto que la fuerza de una sociedad está en el espíritu de los ciudadanos, no en sus gobernantes.

Quizás lo mejor sería que los discursos y concursos oficiales estén en el horario de protección al menor y que la juventud siga el ejemplo de la Argentina que se hizo a sí misma a través del mérito, para construir el país que soñamos.

Por: Tomás Ingoglia

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