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Con bastante frecuencia escuchamos que Argentina fue el granero del mundo, incluso en el inconsciente colectivo nacional actual prima la idea de que somos netamente un país agrícola-ganadero (en muchos casos, esta afirmación se hace desmereciendo a otros sectores desarrollados de nuestra economía, como el metalúrgico o el farmacéutico -solo por citar 2 casos notorios-, o que han demostrado grandes avances en los últimos años, como los referidos a la industria de las nuevas tecnologías), que el desarrollo argentino es imposible sin aumentar la productividad agrícola, y que en muchos casos se debe perseguir la misma a como dé lugar, en la gran mayoría de los casos sin importar el ambiente donde este “desarrollo” está siendo llevado a cabo.

¿Somos el granero del mundo? Por el momento esta pregunta va a ser, si se me permite, reformulada: ¿Queremos ser el granero del mundo? Recapitulando brevemente nuestra historia nacional, cuando Argentina fue “potencia”, ese tipo de modelo agroexportador dejó grandes cantidades de divisas para nuestra Nación, palacios en los centros de las grandes urbes, y mucha manteca en los techos de los barcos de las élites durante sus viajes a Paris. Muy distinta era la situación para las clases trabajadores, o como personalmente me gustaría decirles, las clases productoras de la riqueza, ya que el hambre, las enfermedades, la represión en las manifestaciones, las deportaciones para los extranjeros, entre tantas otras penurias, eran moneda corriente en la Argentina de fines de siglo XIX y principio del siglo XX (para más información, remitirse al informe de Bialet Massé).

No son pocas las personas que quieren volver a ese tipo de modelo de desarrollo basado en la primarización de la economía, es decir, el de Argentina potencia del mundo gracias al modelo agroexportador, pero hay muchos que consideran/consideramos que otro tipo de modelo es posible, inclusive exponencialmente superador al anterior. Es imposible desconocer la importancia que el “campo” (como sujeto socio-cultural e histórico) tiene en nuestra economía, pero varias nociones propias de las nuevas generaciones deben ser planteadas sobre la mesa. Plantear un desarrollo sin una adecuada planificación, la de hacer crecer la producción a como dé lugar, lo único que genera es, como dice la frase, pan para hoy y hambre para mañana.

La cuestión ambiental debe ser planteada obligatoriamente como propia de todo futuro desarrollo nacional e internacional. No podemos siquiera plantearnos ser el granero del mundo si ni siquiera podemos alimentar a nuestra propia población, menos aun considerando que la mitad de la población de nuestro país está sumida en la pobreza. Para poder alimentar a nuestra población, contrario a lo planteado anteriormente en el viejo modelo agroexportador, son las clases productoras de la riqueza de nuestros suelos las que deben ser las principales beneficiadas. En la actualidad la paga para poder producir alimentos está muy por debajo del salario mínimo, y para poder acceder a un monto similar se debe trabajar por encima de las horas mínimas estipuladas por la ley, siendo esto una de las nuevas formas de trabajo esclavo.

Para que la cuestión ambiental tenga un peso real en nuestra economía se debe avanzar en promover políticas públicas que no vulneren los derechos de los trabajadores rurales, que los mismos puedan disponer de terrenos públicos para poder sustentar el desarrollo de sus actividades económicas personales y sus alimentaciones, educación para poder utilizar las nuevas tecnologías rurales de manera sustentable con el suelo, promover medidas para frenar la desertificación de nuestros suelos, promover obligatoriamente la rotación de cultivos en todos los suelos cultivables, ya sean suelos públicos o privados, promover la recuperación de suelos arrasados por los agroquímicos (prohibición de varios de ellos, y prohibición total de fumigaciones aéreas), promover la reforestación de bosques, arrasados para la utilización de monocultivos, con árboles nativos de cada región correspondiente, revisión de leyes ambientales, por ejemplo la Ley de Bosques, que fueron cercenadas de las propuestas originalmente, entre tantas otras medidas.

La agenda ambiental y la realidad de nuestros suelos están íntimamente relacionadas, y son indivisibles, a la vez que están relacionadas en como las clases más perjudicadas de nuestra sociedad se ven en la disposición, o no, del uso de la tierra. Defender la correcta utilización de nuestros suelos no solo es beneficioso para nuestra economía y su futuro, sino que transversalmente es beneficioso para todas realidades socio-culturales de nuestro país. Una Pampa Húmeda con decenas de miles de sus hectáreas desérticas, nuestra Mesopotamia incendiada, nuestros ríos litoraleños bajos o secos, o bien contaminados por la mega-minería en Cuyo y en la Patagonia por culpa de los químicos contaminantes utilizados en la actividad, o también por el petróleo derramado en las zonas hidrocarburíferas, es el presente que podemos observar a simplemente hoy en día, y que podremos ver aún más en un futuro cada vez más cercano si priorizamos el lucro por sobre un verdadero bienestar general alternativo.

Por: Matias Russo

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